"La gente no busca razones para hacer lo que quiere, busca excusas"
William Somerset


11.10.07

El Rey que Vino del Mar

EL REY QUE VINO DEL MAR



Hacía mucho tiempo que Dinamarca se hallaba sin rey. Puesto que
por un lado la saqueban continuamente las flotas de los vikingos que
habían convertido en fortalezas y refugios las islas del Báltico, y por otro la anarquía devoraba el país, entre los abusos de los
señores y el pillaje al que se habían acostumbrado los hombres del
pueblo.
Hasta que, de pronto, cierto día, vieron todos avanzar hacia
una de las playas una magnífica nave procedente de los mares del
norte.
Hinchada por el viento, la impelía una gran vela roja y
cuadrada. El barco llevaba tallada en la proa una enorme cabeza de
dragón y sus costados estaban adornados con guirnaldas de flores y
espejos.
Al fin quedó varado en la playa.
Y cuando todos esperaban ver saltar a tierra la tripulación de
la misteriosa y reluciente nave, de aquel navío cuya procedencia era
un arcano para cuantos la contemplaban, ni un solo hombre apareció a
bordo, con gran asombro y estupefacción de los marineros y campesinos
de todas las partes que, temerosos, lo observaban de lejos,
abandonando sus habituales trabajos, alarmados al creer que de nuevo,
y por desgracia una vez más, los vikingos iban a hacer acto de
presencia.
Enterados del hecho los señores, enviaron allí un grupo de
ejército para que hiciera frente a los supuestos invasores. Pero fue
en vano pretender luchar.
Nadie respondía desde el barco a los desafíos, denuestos y
flechas, por lo que, furiosos los soldados, empuñando sus armas, se
lanzaron al abordaje.
¿Y que vieron entonces estupefactos?
Ni un solo hombre. Únicamente, junto al mástil, un niñito casi
desnudo estaba recostado sobre una gavilla de trigo. Estaban todos
boquiabiertos. No salían de su asombro. ¡Aquello parecía imposible!
¿Acaso obra de genios superiores? ¿Brujería quizá...?
Descartaron esto último al razonar que las brujas y brujos
maléficos no hubiesen enviado a un niño para realizar cualquiera de
sus habituales vesanias.
Pero lo más sorprendente, al margen de la presencia del niño,
era que entorno a él se agolpaban montones de joyas, riquísimas armas
de oro, escudos de bronce, corazas, cuernos de marfil, monedas, etc.
Parecía aquello el botín de un combate o un saqueo.
Los guerreros cogieron cuidadosamente al niño, que acabaron
creyendo que lo enviaba el cielo, y lo pasearon en triunfo por entre
la multitud que les esperaba, no sabiendo si había que huir o luchar.
Entonces los señores se reunieron en consejo y acordaron
proclamar como su rey a aquella criatura enviada por los dioses para
traerles la paz. Como símbolo llamaron a aquel niño Skiold, que
significaba escudo.
Skiold fue en su larga vida un rey modelo, que llevó la
felicidad al país. Cuando murió, y en cumplimiento de su propio
deseo, su cuerpo fue colocado en el mismo barco en que había llegado
y que aún se conservaba.
Luego, impulsado mar adentro, fue confiado a los vientos para
que le hicieran regresar al reino de donde había llegado, una vez
cumplida su misión en Dinamarca.

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